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NO HAY UNA SOLA INTELIGENCIA

 

 

Ps. Rocxana Croce P.

 

 

 

El hombre se eleva por la inteligencia, pero no es hombre más que por el corazón. Henry F. Amiel

 

 

Ser poseedores de un amplio bagaje cultural, acumular conocimientos, desarrollar muchas capacidades, dar muestras de sabiduría y erudición no siempre van de la mano con un buen despliegue emocional.

 

Esta contradicción no debiera tener eco, sin embargo las experiencias de vida reafirman que el ser humano  posee otras inteligencias capaces de ponerlo “a tono” y superar a veces las expectativas esperadas por la sociedad.

 

Es evidente que en la historia hay múltiples ejemplos de genialidades donde cognoscitivamente no han tenido sombra para destacar; sin embargo, cuando penetramos en su historia personal muchos de ellos han sido un desastre  o no han podido manejar adecuadamente sus vidas personales,  delatando un poco esa ‘flaqueza´ que no pudieron superar.

 

 

¿Nacemos acaso con una cualidad innata para poder utilizar frente a situaciones de la vida cotidiana? ¿Podemos en todo caso buscar en otros la manera de “cubrir” expectativas, trasladar errores, suplantar conductas que no queremos asumir  o simplemente vernos en un espejo reflejado en todo nuestro espectro?

 

 

Difícil suponer ello pero que se da, claro que sí. No somos ajenos ni taparemos realidades donde podemos ser participes de dichas conductas ya sea como observadores pasivos y/o sujetos activos,  involucrados en las lides de la naturaleza humana.

 

 

 

Ser inteligentes en lo emocional permite resolver una serie de circunstancias donde muchas veces el coeficiente intelectual  por sí solo no pone la cuota de respuesta total o efectiva.

 

Poder decodificar, analizar,  interpretar y dar una respuesta frente a un hecho que demande nuestra intervención no siempre es una tarea fácil.

 

El investigador norteamericano Meter  Salovey de Harward, define de la inteligencia emocional como:

 

“una parte de la inteligencia social, que concierne a la habilidad de comprender sentimientos propios y ajenos y de utilizarlos para nuestros pensamientos y acciones”.

 

Utilizar esta inteligencia, evitara que seamos sujetos indiferentes, insatisfechos, sumidos muchas veces en un mundo solitario pues se puede llegar al aislamiento afectivo cuando no se logra una sintonía con el mundo que nos rodea. Sintonía que no implica sujeción ni mucho menos falta de independencia de espíritu.

 

El coeficiente intelectual no lo resuelve todo en la vida.

Al saber usar nuestra capacidad para reconocer nuestros propios sentimientos y los de los demás, de motivarnos y de manejar adecuadamente las relaciones; estaremos echando mano de un recurso positivo: nuestra inteligencia emocional

 

 

En la vida encontramos personalidades con fuertes capacidades intelectuales, también están los que tienen altas posibilidades emocionales en la resolución de problemas y competencia social para enfocar los conflictos. De esa manera también evidenciamos nuestro nivel de “adaptación”, donde entra en juego mucho de nuestra habilidad para ser creativos, para buscar una manera nueva, saludable o tal vez menos dañina para responder a situaciones en la vida diaria.

 

 

El ser humano posee la inteligencia emocional, (unos la han más desarrollado más  que otros), tanto para conocerse a sí mismo (inteligencia intrapersonal) como para entender  a los demás (inteligencia interpersonal).

 

Goleman plantea la inteligencia emocional como sinónimo de carácter, personalidad y habilidades que se concretizan en pensamientos, reacciones, conductas observables, aprendidas y aprendibles.

 

Conseguir armonizar, reconocer que existen diferencias entre las personas, apreciar otras formas de respuestas con las que podamos estar o no de acuerdo, enfocar los motivos e intenciones, interactuar de manera efectiva y afectiva con los otros, ya sean familiares, amigos, compañeros de trabajo, estudio , etc. nos hará más libres, menos penosos y hasta menos sufridos  y al final será un asunto de salud mental positiva.

 

 

Por ello creemos en la necesidad de fomentar el desarrollo de la inteligencia no solo cognoscitiva, sino también la emocional desde los primeros años de vida.

 

Estudios recientes demuestran que los niños con  capacidades altas son poseedores  de mayor seguridad en sí  mismos, tienen mejor nivel de interrelación social, son más sensibles, entusiastas, con mejor disposición para enfrentar los desafíos.

 

 

El acostumbrado C.I tan valorado en el siglo pasado va siendo emparejado en importancia con la I.E, aquella inteligencia práctica y creativa que nos da posibilidad de resolver situaciones.

 

En estas últimas décadas  la sociedad en general padece de una serie de conductas que le impiden un desarrollo sano, evolutivo y acrecentador.

Se trasluce una situación de declive emocional general. Sin dejar de mencionar que los estados depresivos van tomando entre sus filas a cada vez más jóvenes miembros y de edades muy tempranas entre ellos.

Padecer de problemas emocionales no es al final de cuentas un motivo para no querer mejorar y reeducar lo que haya que mejorar y menos un motivo justificatorio para “lavarse las manos” o “echarse al olvido”.  Vivimos en sociedad y como tal es  nuestra responsabilidad mejorar aspectos que influyan o intervengan en terceros y en nosotros mismos.

 

 

¡La inteligencia emocional se puede aprender, desarrollar y mejorar!

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